jueves, diciembre 22, 2011

Solomon Kane (1928-1968), Robert E. Howard

Robert Ervin Howard (1906-1936),  fue un tipo peculiar, en un breve periodo de tiempo logro crear personajes que aun se conservan vigentes dentro de la cultura popular, Conan, Kull, Almuric, y por supuesto; Solomon Kane, el puritano mas hijo de puta que haya pisado alguna vez suelo ingles, hasta que un buen día, decidió despedirse de este mundo con un tiro.

En este delgado volumen se reúnen las historias escritas por Howard con respecto a este personaje, además de un relato de Sonia la Roja, personaje femenino que después se introdujo dentro de la era Hiboriana, de mano del mítico Roy Thomas, y el alucinante Barry Windsor Smith, sirvan, pues, estas lineas de preámbulo a Solomon Kane.
Kane se considera a si mismo  un puritano. Viste como tal, desprecia al demonio y sus obras, posee un rígido sentido de la moral, y una tenacidad que raya en el fanatismo, pero ello no impide que se  encuentre  subyugado por una incontenible sed de aventuras, sed que solo puede aplacar recorriendo los lugares mas inhóspitos y lejanos del mundo... lugares poblados aun por seres sobrenaturales, en los que la magia, las criaturas demoniacas, y los terrores primigenios aun reinan. Y para su buena fortuna el Buen Dios le dio a su cuerpo la capacidad de matar, y a su espíritu el buen sentido para saber cuando hacerlo...


A vuelo de teclado...

Relatos como Resonar de huesos, Luna de calaveras, o Alas en la noche, recuperan lo mejor de la literatura de aventuras y horror, la mayoría son relatos cortos que se puede terminar de leer de un tirón, y si creciste leyendo relatos de aventuras juveniles, como los de Emilio Salgari, sin duda te vendrán a la mente, y, aunque no hay parecido en la prosa, las sensaciones que logran evocar ambos autores son muy parecidas, y me refiero principalmente a la sensación de asombro, de ingenua maravilla, y es que, aunque algunos de sus relatos se pueden considerar tópicos, la forma en la que describe las situaciones, y como reacciona Kane en cada entuerto son muy efectivas; digamoslo de esta manera, leyendo las aventuras de Solomon Kane me reencontré con el pequeño G de seis años que, asombrado, leía y releía la historia de Philleas Fogg, tirado panza abajo en su cama, mientras con un empeño digno de mejor causa masticaba chicles bubli de un color rosa que no existe en la naturaleza. Solo un puñado de autores han logrado tal encantamiento. Imprescindible.

PS. Esta edición de Astiberri, se encuentra ilustrada, sin embargo, yo que siempre me he imaginado a Solomon, hombro con hombro junto a Conan, en esta ilustración, he encontrado las imágenes demasiado caricaturescas, sin duda, siendo un poco menos prejuicioso las hubiera apreciado en su justa medida.
 







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